Historia Básica del Griego
Según la Wikipedia, “el griego antiguo (Ἀρχαία Ἑλληνική Arkhaía Hellēnikḗ
se refiere al idioma
griego que existió durante la Época Arcaica (siglo IX a. C. – siglo VI a. C.) hasta
la Época Clásica (siglo V a. C. – siglo IV a. C.) en la Antigua Grecia. El
griego antiguo es el lenguaje de las obras de Homero, incluyendo la Ilíada y la
Odisea, y de otros trabajos de la literatura y filosofía griegas. Tuvo su
origen en las emigraciones de indoeuropeos que se asentaron en la península
Balcánica hacia el año 2000 a. C. Estos emigraron hacia las fértiles tierras
del Sur y se asentaron en varias regiones de Grecia, donde aparecieron
diferentes dialectos, los cuatro principales fueron el arcadio-chipriota, el
dórico, eólico y jónico”.
Lo que sigue es una copia fiel de la introducción de GRIEGO DEL NUEVO TESTAMENTO PARA PRINCIPIANTES producido por la Editorial VIDA. Si la editorial, por algún motivo, quisiera evitar que aparezca en este blog, solamente envíeme un mail a info@iglesiaalabanzas.com indicándomelo y lo retiraré del mismo. En Costa Rica se permite la copia de cualquier libro siempre y cuando no sea para venta o robo de identidad. En este caso, he dado el criterio debido a lo que sigue.
Durante el período clásico, la lengua griega estaba dividida en varios dialectos, de los cuales habían quedado tres grandes familias: la dórica, la eólica y la jónica. En el siglo V antes de Cristo, una rama de la familia iónica, la ática, logró la supremacía, especialmente como la lengua de la literatura en prosa. El dialecto ático era el lenguaje de Atenas en su apogeo; el lenguaje de Tucídides, de Platón, de Demóstenes y de la mayoría de los demás grandes escritores de prosa de Grecia. Diversas causas contribuyeron para que el ático fuera el dialecto dominante en el mundo de habla griega. En primer y principal lugar se debe mencionar el genio de los escritores atenienses. Pero la importancia política y comercial de Atenas también tuvo su efecto. Una gran cantidad de extranjeros llegaron a establecer contacto con Atenas a través de gobierno, guerra y comercio, y las colonias atenienses también extendían la influencia de la ciudad madre. El Imperio Ateniense, por cierto, pronto se desmoronó. Atenas fue conquistada primeramente por Esparta en la guerra del Peloponeso, y luego, a mediados del cuarto siglo antes de Cristo, junto con las otras ciudades griegas, quedó bajo dominio del rey de Macedonia, Felipe. Pero la influencia del dialecto ático sobrevivió a la pérdida de poder político; la lengua de Atenas se convirtió también en la lengua de sus conquistadores.
Originalmente Macedonia no fue un reino griego, pero adoptó la civilización dominante de ese tiempo, que era la civilización de Atenas. El tutor del hijo de Felipe, Alejandro Magno, fue Aristóteles, el filósofo griego; y ese hecho solo es una indicación de las condiciones de ese tiempo. Con asombrosa rapidez Alejandro se convirtió en el amo de todo el mundo oriental, y los triunfos de las armas macedonias fueron también triunfos de la lengua griega en su forma ática. El imperio de Alejandro, por cierto, se desmoronó inmediatamente después de su muerte en el 323 a.C.; pero los reinos en los que se dividió, al menos en lo que respecta a la corte y las clases gobernantes, fueron reinos griegos. Por lo tanto, la conquista macedonia significó nada menos que la helenización de oriente, o al menos significó una enorme aceleración del proceso de helenización que ya había comenzado.
Cuando los romanos, en los dos últimos siglos antes de Cristo, conquistaron la parte oriental del mundo mediterráneo, no hicieron esfuerzo alguno por suprimir la lengua griega. Al contrario, los conquistadores, hasta cierto punto, fueron conquistados por aquellos que habían conquistado. Roma misma ya había quedado bajo influencia griega, y ahora hacía uso de la lengua griega al administrar al menos la parte oriental de su vasto imperio. La lengua del Imperio Romano fue más el griego que el latín.
De este modo, en el primer siglo después de Cristo el griego se había convertido en un idioma mundial. Las lenguas antiguas de los diversos países por cierto siguieron existiendo, y muchos distritos eran bilingües (los idiomas locales originales existían a la par del griego). Pero al menos en las grandes ciudades a lo ancho del imperio -con toda seguridad en la parte oriental- el idioma griego se entendía en todas partes. Aun en Roma misma había una gran población de habla griega. No es de sorprenderse que la carta de Pablo a la iglesia romana no se escribiera en latín sino en griego.
Pero la lengua griega debió pagar un precio por esta enorme extensión de su influencia. En su carrera de conquista experimentó cambios importantes. Los dialectos griegos antiguos con la excepción del ático, si bien desaparecieron casi completamente antes del inicio de la era cristiana, posiblemente hayan ejercido una influencia considerable sobre el griego del nuevo mundo unificado. Menos importante, sin duda, que la influencia de los dialectos griegos, y mucho menos importante de lo que se hubiera esperado, fue la influencia de lenguas foráneas. Pero influencias de un tipo más sutil y menos tangible estaban obrando de manera poderosa. La lengua es un reflejo de los hábitos intelectuales y espirituales del pueblo que la usa.
La prosa ática, por ejemplo, refleja la vida espiritual de una pequeña ciudad-estado, que fue unificada por un intenso patriotismo y una gloriosa tradición literaria. Pero después del tiempo de Alejandro, el habla ática ya no era la lengua de un grupo pequeño de ciudadanos que vivía en la más íntima asociación espiritual; al contrario, había pasado a ser el medio de intercambio usado por pueblos de caracteres muy diversos.
Por lo tanto, no resulta sorprendente que la lengua de la nueva era cosmopolita fuera muy diferente del dialecto ático original sobre el que se fundaba. Esta lengua del nuevo mundo que prevaleció después de Alejandro ha recibido el nombre no inapropiado de «el Koiné». La palabra «Koiné» significa «común», por lo tanto, no es una mala denominación para una lengua que fue un medio común de intercambio para pueblos diversos. El Koiné, entonces, es la lengua griega mundial que prevaleció desde aproximadamente 300 a.C. hasta el cierre de la historia antigua alrededor de 500 d.C.
El Nuevo Testamento fue escrito en el transcurso de este período de Koiné. Si se la considera lingüisticamente, está ligada de modo muy estrecho a la traducción griega del Antiguo Testamento que recibe el nombre de «Septuaginta», que se hizo en Alejandría en los siglos inmediatamente anteriores a la era cristiana, y con ciertos escritos cristianos de principios del segundo siglo d.C., que por lo general se asocian bajo el nombre de «Padres Apostólicos». Dentro de este grupo triple, ciertamente, la lengua del Nuevo Testamento fácilmente es suprema. Pero en lo que respecta estrictamente al instrumento de expresión, los escritos del grupo forman una unidad. Por lo tanto, ¿dónde debiera ubicarse este grupo completo en el con texto del desarrollo del Koiné?
Siempre se ha observado que la lengua del Nuevo Testamento difiere notablemente de los grandes escritores de prosaática de la talla de Tucídides, Platón o Demóstenes. Ese hecho no resulta sorprendente. Se puede explicar fácilmente por el lapso de siglos y por los cambios importantes involucrados en la creación del nuevo cosmopolitanismo. Pero hay otro hecho más sorprendente. Concretamente, se ha descubierto que la lengua del Nuevo Testamento difiere no meramente de los escritores de prosa ática de cuatro siglos antes, sino también de la de los escritores griegos del mismo período en el que se escribió el Nuevo Testamento. El griego del Nuevo Testamento es muy diferente, por ejemplo, del griego de Plutarco.
Esta diferencia solía explicarse a veces mediante la hipótesis de que el Nuevo Testamento se escribió en un dialecto griego-judío, una forma de griego con fuertes influencias de las lenguas semitas: hebreo y arameo. Pero en años recientes se ha puesto cada vez más en boga otra explicación. Esta otra explicación recibió un importante ímpetu con el descubrimiento en Egipto de los «papiros no literarios». En general, hasta hace poco el Koiné lo conocían los eruditos casi exclusivamente a través de la literatura. Pero en el transcurso de los últimos veinte o treinta años se descubrieron en Egipto, donde el aire seco ha preservado hasta el frágil material de escritura de la antigüedad, grandes cantidades de documentos tales como testamentos, recibos, peticiones y cartas privadas. Estos documentos no son «literatura». Muchos de ellos tenían como fin que se los leyera una vez para luego botarlos. Por lo tanto, no exhiben la lengua pulida de los libros sino propiamente la lengua hablada de la vida cotidiana. Y por causa de su importante divergencia de la lengua de escritores de la talla de Plutarco han revelado con nueva claridad el hecho interesante de que en el período Koiné había una amplia brecha entre la lengua de la literatura y la lengua de uso diario. Los literatos del período imitaron los grandes modelos áticos de manera más o menos exacta; mantuvieron una tradición literaria artificial. En cambio, los escritores desconocidos de los papiros no literarios no imitaron nada, sino que simplemente se expresaron, sin fingimiento, en la lengua de la calle. Pero se ha descubierto que la lengua del Nuevo Testamento, en varios puntos en los que difiere de la literatura incluso del período Koiné, concuerda con los papiros no literarios. Ese descubrimiento ha sugerido una nueva hipótesis para explicar la aparente peculiaridad de la lengua del Nuevo Testamento.
Ahora se supone que la impresión de peculiaridad implantada en la mente de los lectores modernos por el griego del Nuevo Testamento se debe meramente al hecho de que, hasta hace poco, nuestro conocimiento de la lengua hablada, según se diferencia de la lengua literaria del período Koiné, ha sido muy limitado. En realidad, se dice que el Nuevo Testamento está escrito simplemente en la forma popular del Koiné que se hablaba en las ciudades a lo largo y a lo ancho de todo el mundo greco-parlante.
Esta hipótesis sin duda contiene un gran elemento de verdad. Indudablemente la lengua del Nuevo Testamento no es la lengua artificial de los libros y no es la jerga greco-judía, sino la lengua natural y viviente de ese período. Pero no se debe subestimar la influencia semita. Casi todos los escritores del Nuevo Testamento fueron judíos, y todos ellos recibieron una fuerte influencia del Antiguo Testamento. En particular, en cuanto a la lengua, recibieron la influencia de la Septuaginta, y la Septuaginta recibió la influencia, al igual que la mayoría de las traducciones antiguas, de la lengua del original. La Septuaginta logró avanzar mucho hacia la producción de un vocabulario griego para expresar las cosas más profundas de la religión de Israel. Y este vocabulario fue profundamente influyente en el Nuevo Testamento. Por otra parte, la originalidad de los escritores del Nuevo Testamento no debiera ser ignorado. Habían recibido la influencia de convicciones nuevas de una variedad transformadora, y esas nuevas convicciones tuvieron su efecto en la esfera de la lengua. Fue necesario dar significados nuevos y más elevados a palabras comunes, y hombres comunes fueron elevados a una dimensión más elevada por medio de una experiencia nueva y gloriosa. No es de sorprenderse, entonces, que a pesar de similitudes lingüísticas en el detalle de los libros del Nuevo Testamento, incluso en la forma, difieran vastamente de las cartas que se han descubierto en Egipto. Los escritores del Nuevo Testamento han usado la lengua común y corriente de la época. Pero la han usado en la expresión de pensamientos poco comunes, y la lengua misma, en este proceso, ha sido transformada hasta cierto punto. La Epístola a los Hebreos muestra que aun el arte consciente puede convertirse en instrumento de profunda sinceridad, y las cartas de Pablo, incluso las más breves y simples, no son meros apuntes privados cuyo fin es ser botado, como las cartas que se han descubierto sobre los montones de basura de Egipto, sino cartas que un apóstol dirigió a la iglesia de Dios. La lengua popular cosmopolita del mundo grecorromano cumplió bien su propósito en la historia. Derribó barreras raciales y lingüísticas. y en cierto punto de su vida fue sublime.